Steven Naismith llegó a Goodison Park el sábado por la mañana con la decepción del que sabe que va a ser suplente. Es un futbolista veterano, del Everton, y pese a ser uno de los actores en el partido de su equipo ante el Chelsea de Mourinho aquel día, estaba triste. El estadio era una fiesta, pero él estaba triste. Los hooligans ya habían dejado la sobriedad en casa pese a ser las una de la tarde, pero Steven Naismith estaba triste.
Muhamed Bešić era, sin duda, infinitamente más feliz que nuestro protagonista escocés. Él era titular en un partido grande. Se sentía protagonista de la fiesta. Es joven y tiene mucho que demostrar. Pero llegó el minuto nueve y se rompió. Había que buscar un recambio y el español Roberto Martínez miró a su banquillo. Vio a Naismith y no se lo pensó. A sus 29 años, el escocés es un soldado que antepone su deber y esconde la rabia por dentro. Saltó al césped y hundió a José Mourinho con un hat-trick perfecto: de cabeza, con la izquierda y con la derecha. Uno de los días de su vida.
El fútbol sirve para muy poco a muchas personas pero de mucho a otras. Quien quiere verlas, encuentra lecciones. Roberto Martínez y José Mourinho llevaban una semana entera con un partido determinado en la cabeza hasta que a los nueve minutos apareció un elemento sorpresa con el que nadie contaba. Un escocés que partió las pizarras en su cráneo rapado, acuciado por la calvicie. Un héroe insospechado, ni tan siquiera por él mismo, que probablemente pensaba en muchas otras cosas que no eran el partido.
Tras el partido, Steven Naismith reconoció a la prensa inglesa que durante el último verano había pensado en dejar el club tras tres años en el club por las escasas oportunidades que veía de colarse en el once de 'Bob' Martínez. El sábado Naismith llegaba triste a Goodison Park; dos horas más tarde, era el puto amo de Liverpool.
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