Septiembre, octubre algunos años, es un mes de recomienzos. De retomar o de empezar de cero, a pelo. De volver a nacer en un lugar que te desconoce, de abandonarlo todo y volver a germinar en una tierra desconocida sin saber si se riega o no. Septiembre, octubre algunos años, siempre es excitante.
Septiembre significó para mí la gran mudanza. Hace seis que dejé atrás a los amigos de nueve, los decisivos, los que forman. Con veinte soy la versión madura de la de catorce, pero no otra. Fueron días extraños, de sabor a miedo y sorpresa, en los que nada a tu alrededor cambia excepto tú mismo y las tres maletas inseparables que te acompañan y cambian contigo. Días excitantes en los que, yo, descubrí por qué era, donde había nacido y por ende dónde quería morir.
Septiembre, en concreto septiembre, significó hace dos la gran aventura, esa que te transforma entero. Salir del nido, esa vez sin tuppers. Poner horas de avión como distancia. Sentirte tan libre como para abrazar hasta el mal, libre también de sospechas. En aquella mudanza hacia donde se bebe más vino que cerveza hubo un reloj de arena que le dio un carácter único, temporal. Por desgracia, por elemental. Cada día fue el más feliz porque era uno menos, y nunca uno más. Siempre el más feliz.
Septiembre, y octubre también, son esta vez meses de oportunidades, de ganarlas y de perderlas. De incertidumbre. De no tener quién te aguarde salvo los de siempre, con la cuchara en la mesa y la explicación en la boca. De ella, o no. De haber hecho los deberes con puntualidad, pero no la situación laboral de tu país. De sentirse un cero cuando eres un diez. De faenar con la empresa privada, las colas y las listas. Este septiembre, octubre, es distinto. Porque no me espera nadie, soy yo el que tengo que buscar.
Eres un diez, nunca fuiste un cero. Úsalo tras tu cifra y ponte al 100...
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