Qué preso es quien se cose la boca. Qué resignado quien se ata al mástil y ve hundirse el barco. Todo lo que sentimos y no pronunciamos. Todo lo que percibimos y no nos atrevemos a generar.
Por miedo a consecuencias intuibles, por miedo a reflejar una imagen de debilidad que es más fuerte cuanto más nuestra sola. Cómo devastan los seres que brotan del corazón y retenemos en el estómago, encarcelados y pataleando en busca de oxígeno mientras siguen creciendo y piden la muerte.
Qué duro es asumir que no controlamos una mierda, que cada órgano hace la guerra por su puta cuenta y miran pantallas distintas. La frustración de intentar gobernarlos a todos, ponerlos de acuerdo por democracia o dictadura, a la fuerza.
Buscamos consuelos que no consuelan. Comprensión en quien no podrá comprendernos sin anestesiarnos. Sólo la muerte trae el silencio, con el olvido o con el entierro del cadáver pronunciado.
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