Entraste en la casa
como una golondrina que se cuela por la ventana y no pregunta por la puerta.
Percibiste un corazón quemado que se reconstruía y jugaba a llevar la contraria
al viento en el que tú gustabas de mecerte. Te gustó cómo te pensaba, cómo te
recreaba.
Te esmeraste en
pintar con tus colores las paredes del salón, de la cocina y del dormitorio. No
te limitaste a dejarte caer por todo; te
dejaste quedar. Cantabas. Y con aquella misma sensación de fugacidad hiciste
días, sumaste semanas, contaste kilómetros, terminales y hasta mares de
distancia. Todo, con todo fresco todavía.
Como la llama del
mechero que prende, se apaga y vuelve a prender; es tu naturaleza y ningún
hogar va a cambiarte. Juras que la ilusión contagia tus alas apáticas, y que
quieres soñar alto. Yo, que te llamé golondrina por llamarte algo sin saber aún
qué eres exactamente, me sumo a ese sueño que se alza alto. Aunque sea por
salir de la estratosfera, por turismo.
Todavía no sé cómo
te late el corazón, ni a donde vamos en concreto. Pero me gusta el camino, me
gusta la música del trayecto. Te me vas pintando y te voy conociendo,
reconociendo, identificándote las pecas, los lunares, las heridas y los
defectos. Sé que tú también me miras, que me mides los pasos y la sombra.
Y, al menos yo,
siempre pendiente del mechero.
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