lunes, 2 de mayo de 2016

Cinco minutos

Entraste en la casa como una golondrina que se cuela por la ventana y no pregunta por la puerta. Percibiste un corazón quemado que se reconstruía y jugaba a llevar la contraria al viento en el que tú gustabas de mecerte. Te gustó cómo te pensaba, cómo te recreaba.

Te esmeraste en pintar con tus colores las paredes del salón, de la cocina y del dormitorio. No te limitaste a dejarte caer por todo;  te dejaste quedar. Cantabas. Y con aquella misma sensación de fugacidad hiciste días, sumaste semanas, contaste kilómetros, terminales y hasta mares de distancia. Todo, con todo fresco todavía.

Como la llama del mechero que prende, se apaga y vuelve a prender; es tu naturaleza y ningún hogar va a cambiarte. Juras que la ilusión contagia tus alas apáticas, y que quieres soñar alto. Yo, que te llamé golondrina por llamarte algo sin saber aún qué eres exactamente, me sumo a ese sueño que se alza alto. Aunque sea por salir de la estratosfera, por turismo.

Todavía no sé cómo te late el corazón, ni a donde vamos en concreto. Pero me gusta el camino, me gusta la música del trayecto. Te me vas pintando y te voy conociendo, reconociendo, identificándote las pecas, los lunares, las heridas y los defectos. Sé que tú también me miras, que me mides los pasos y la sombra.


Y, al menos yo, siempre pendiente del mechero.

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