El gas murió como tantas otras veces, sin llegar a prender nada. Tuvimos que tirar entero el librillo, con tantas páginas por escribir... Pero no todo el que nace debe aprender a vivir, ni hacerlo siquiera.
Caía por su propio peso al someterse al mero razonamiento, pero qué es el amor sino todo lo contrario. Llegó a tener un sentido, un cuadro, un horizonte. Intuía un universo por descubrir aun sorteando zanjas de las que no quería saber nada. Esperando cambios de forma egoísta. Ocultándome la realidad por miedo como hacen los cobardes. Por el miedo a romper la foto. Por la sola foto.
Es un final recurrente, este, y despierta interrogantes que inquietan, sobre si el problemático es el individuo o el entorno. Sobre si estará justificado, sobre si está en lo correcto. Sobre si los pasos llevan a algún lado, sobre si los zapatos son los suyos.
Y en el fondo se siente como un alivio. Como siempre se ha sentido el reencuentro con el silencio, con la falta de compromiso. El ave tiende a huir del suelo.
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