domingo, 4 de septiembre de 2016

Definición de 'compartir'

Me esquivaste como se intenta esquivar lo inevitable y me mirabas de lejos, sin hacer nada por acortar la distancia. Nos unió el motor de una rotativa y con ese ruido de fondo empezamos a escribir páginas, las nuestras. El océano era verde cristalino y yo supe verlo.

Un chispazo prendió la mecha, un primer aviso bastó. Tú buscabas abrigo y yo comprensión. Mi armario no tiene fondo y tu bondad tampoco. Fuego y calma, calma y fuego. La estrella fugaz que esperó a que mirásemos a la vez para pedir el deseo. Ese.

Quemando tu desconfianza centímetro a centímetro mientras mis dedos recorren tu espalda y tu cuello. Mientras tú me miras con dos pozas de esperanza en las que me reflejo y sonríes. Voy advirtiendo que esta promesa no es falsa como la anterior y que, por primera vez, alumbro el significado del término ‘compartir’, de su definición. Y la quiero para ti, para contigo. Dos en el camino.

jueves, 9 de junio de 2016

Inconexo

Alguien que te quiera o alguien que te soporte. Si buscas la cumbre, lleva abrigo. Solo rodeado de estrellas. No te dejes explicar.

Entre las sombras no hay luz.

lunes, 23 de mayo de 2016

Tampoco

Ese polvo de cajón olvidado que se te queda en los dedos, esa película que sabes cómo acaba porque ya la viviste. ¿Qué planta riegas cuando de tus cenizas prende un fuego nuevo? Si en esta orilla no hay sombra porque nada crece.

Ajenas, por ignorancia, voluntad o miedo, a las murallas del desierto y los oasis que esconden. Golpearse el pecho es una opción. Reírse es otra. Esta vez tampoco.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Sin gas

El gas murió como tantas otras veces, sin llegar a prender nada. Tuvimos que tirar entero el librillo, con tantas páginas por escribir... Pero no todo el que nace debe aprender a vivir, ni hacerlo siquiera.

Caía por su propio peso al someterse al mero razonamiento, pero qué es el amor sino todo lo contrario. Llegó a tener un sentido, un cuadro, un horizonte. Intuía un universo por descubrir aun sorteando zanjas de las que no quería saber nada. Esperando cambios de forma egoísta. Ocultándome la realidad por miedo como hacen los cobardes. Por el miedo a romper la foto. Por la sola foto.

Es un final recurrente, este, y despierta interrogantes que inquietan, sobre si el problemático es el individuo o el entorno. Sobre si estará justificado, sobre si está en lo correcto. Sobre si los pasos llevan a algún lado, sobre si los zapatos son los suyos.

Y en el fondo se siente como un alivio. Como siempre se ha sentido el reencuentro con el silencio, con la falta de compromiso. El ave tiende a huir del suelo.

lunes, 2 de mayo de 2016

Cinco minutos

Entraste en la casa como una golondrina que se cuela por la ventana y no pregunta por la puerta. Percibiste un corazón quemado que se reconstruía y jugaba a llevar la contraria al viento en el que tú gustabas de mecerte. Te gustó cómo te pensaba, cómo te recreaba.

Te esmeraste en pintar con tus colores las paredes del salón, de la cocina y del dormitorio. No te limitaste a dejarte caer por todo;  te dejaste quedar. Cantabas. Y con aquella misma sensación de fugacidad hiciste días, sumaste semanas, contaste kilómetros, terminales y hasta mares de distancia. Todo, con todo fresco todavía.

Como la llama del mechero que prende, se apaga y vuelve a prender; es tu naturaleza y ningún hogar va a cambiarte. Juras que la ilusión contagia tus alas apáticas, y que quieres soñar alto. Yo, que te llamé golondrina por llamarte algo sin saber aún qué eres exactamente, me sumo a ese sueño que se alza alto. Aunque sea por salir de la estratosfera, por turismo.

Todavía no sé cómo te late el corazón, ni a donde vamos en concreto. Pero me gusta el camino, me gusta la música del trayecto. Te me vas pintando y te voy conociendo, reconociendo, identificándote las pecas, los lunares, las heridas y los defectos. Sé que tú también me miras, que me mides los pasos y la sombra.


Y, al menos yo, siempre pendiente del mechero.

lunes, 28 de marzo de 2016

La ciudad

Por más que lo hagas arder siempre van a quedar cenizas, irreductibles, groseras, presentes y, de alguna forma, vivas allí donde las deposites. Ojalá todos olvidáramos de la misma manera.

Recojo mis bártulos por la ciudad que para ti construí de la nada y del todo, aunque hay maderas que ya son puertas y piedras que son aceras y ya no se pueden retirar. Al menos no todavía. Y no aguardo fecha.

De paja me construyo un hogar a las afueras, porque no me veo capaz de convivir en la ciudad. No con esos carteles luminosos que me ciegan.

Me matan la ganas de volver a dibujar, de pensar unos labios, de recrear una voz. Me falta campo pero se hunde la tierra a mi paso; los pies se hunden mas se fortalecen las piernas. Y el corazón. Y la razón, al mismo tiempo.

Tan perfectamente consciente de mis errores, de mis malentendidos, de mis carencias. Y a la vez tan completo inocente, que no mira la brújula y aun con la cabeza agachada sigue caminando. Hacia donde el agua corra, hacia el concierto de sirenas.

Consciente de la ecuación al fin y al cabo. Consciente de que uno es uno, de la cuna al cajón.

lunes, 15 de febrero de 2016

Compás

Tengo arena en la cabeza, que no en el pelo. El viento arrasó con todo, también con la basura, y dejó un desierto de mucho desinterés, pocas certezas y ninguna expectativa. Me dejó sin nada a lo que agarrarme, lo que viene a parecerse a la idea de libertad que todos deseamos acotar a esclavitudes que bajo el halo del sentido esconden sangre. Porque nos encanta sangrar.

No hay luz en la noche y nos rompieron las farolas. Oigo voces lejanas de las que me intento desconvencer, porque no me satisfacen. Es definitivo, añoro la venda tanto como me alegro de sufrir la iluminación del día. El valor es reconocer la cobardía propia, romper el abrazo que no era ni mucho menos perfecto, que tenía vergüenzas que tapar.

Y gira, y gira. Y se ve que hasta baila porque en otras orillas sigue habiendo sal. Sigo escuchando el compás, y mis pasos siguen retando al orden respetando la armonía entre ellos. Dirijo una manifestación de pleno, sin más integrantes que mis sombras, que ni me saludan pese a ser vecinas. Protesto sin reivindicación; protesto por mí.


Derramo ‘saudade’ de charcos, de lejanía. Me quiebra la proximidad y me aterra el cemento húmedo. Y el horizonte me queda a dos metros, que ya pudieran ser más. Hasta que el compás se detenga.