Escuchó
el aviso pero no corrió; le fallaron las piernas. Otra vez.
Perdió
el metro como la perdió a ella. Su vida volvía a quedar a la deriva de eso, un
ir y volver de la universidad tan constante como insípido. Ni siquiera sabía
para qué estudiaba. Alguna vez concluyó que cursaba psicología para entender a
Marta. El resto no importaba. ¿Qué importaba, ahora?
Sin
la dignidad de levantar la mirada del suelo enfilaba la entrada al vagón recién
llegado. Atisbó unos tobillos de mujer, y cedió el paso. “Gracias”. Una sonrisa
y dos ojos verdes le devolvieron las razones.