jueves, 3 de octubre de 2019

Despedir septiembre


Se despide septiembre con un aura de tristeza y nostalgia otoñal como la estación que abre. Siento una predilección inexplicable por el que me parece el mes más particular de todo el año, mes bisagra por muchos solamente reconocido como el que pone fin al periodo vacacional, de abandono de la rutina y de quien uno mismo es a gusto o a disgusto. Siempre que vuelve septiembre siento una llamada como para volver a algún sitio que ya quedó atrás. Le asocio todavía un sabor a infancia, tierno, como si las sirenas de los colegios me siguiesen invitando al aula.

Cuando es septiembre siento que no estoy donde debo, que alguien me espera en algún lugar desconocido. Quizás sea ese niño que una vez fuimos y que todos guardamos dentro, a veces sin reconciliar. Caerán las hojas de los árboles y pisotearemos charcos con la mirada rasa bajo el paraguas y el sol oculto entre las nubes. Tiene algo de nuevo capítulo, de libro nuevo, de hoguera y propósitos como los que se hacen por Nochevieja, aunque el cambio de año deje todo como estaba.

Nunca sentí que fuese una persona diferente al cambiar de calendario anual. Siempre sentí la llamada de quien ya no era cuando despedía septiembre.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Triste postal de otoño


Los veo de madrugada, tiernos, desde mi coche por Gran Vía, parado en un semáforo tras un taxi que avanza despacio y ávido por subir a alguien. Dentro suena La M.O.D.A. mientras fuera ellos se abrazan divertidos y risueños, regalándose el cariño todavía tímido y respetuoso, prudente y frenado, de la primera cita. Ilusionados como Colón cuando avistaba tierra tras años en el océano. Como si fuesen los dos únicos habitantes de un continente diminuto pero suficiente.

Arranco y los veo por el retrovisor prometiéndose un beso, húmedos de ganas los labios, que no llega entonces. Él buscará su moto pensando en la próxima ocasión, cuando la llevará a mirar las estrellas. Ella entrará en su cama imaginando el calor que aquel cuerpo impregnará en sus sábanas pronto. Él no lo sabe, pero ella no es tan dulce y no ha superado las taras que no se ha atrevido a mencionar. Ella lo desconoce, pero él no es quien dice ser y le sigue dando miedo compartir vistas.

Al día siguiente lloverá, lo dijo el del Tiempo, y el agua se llevará para siempre las risas que aquella noche les iluminó el rostro durante un par de horas fugaces.

domingo, 4 de marzo de 2018

Miopía

Los que somos miopes arrastramos con nosotros varios problemas, la mayoría de no tan sencilla solución. Entre otros, nuestro hábito de errar más de la cuenta. Ya no es sólo que saludemos a lo lejos a quien no nos conoce o que interceptemos señales que no nos están dirigidas. Ocurre que a veces hasta nos abrazamos a desconocidos, confundidos con nuestro amigo del alma, en un gesto falso y ridículo.

Cuando un miope se equivoca de persona el fracaso es estruendoso. Así son los míos. Tiendo a confiar ciegamente en la intuición, del cuerpo o de su sombra, y me abalanzo de forma desesperada sobre la espalda con una complicidad que no es recíproca casi nunca.

Una profesión de riesgo que no está pagada y que a menudo tampoco parece arreglarse conforme la distancia se acorta. Como cuando abres la puerta de un coche que no es el que te espera. Como cuando coges el metro en el sentido opuesto. Cuando uno está tan seguro sólo puede fallar, por causas inexplicables que a veces sólo salen a la luz días, semanas después, al comprobar que dio un abrazo a quien no debía.

También pasa con los besos, que no desagradan a nadie hasta que dejas de reconocer los labios y te preguntas a quién obedecen realmente. La pregunta incómoda evidencia una decisión desastrosa, a la que sólo puede seguir un silencio ruidoso tras el que nada más se sabe.

Con la consciencia del error la única vía es correr, huir de aquel calor repentino y volátil, circunstancial y mentiroso. Uno piensa en volver a la cueva y abrir el cajón de las gafas, bañadas en el polvo del desuso. Se replantea volver al camino de la certeza, a confirmar antes de actuar, a conducir por la derecha. Un mundo distinto, inmaculado y nazi, sin lugar para la imperfección ni para el arrepentimiento.

Tengo dos buenos amigos que me recomiendan que pruebe las lentillas. Como en todo lo demás, nunca les hago caso. Y las mejores decisiones siguen pasando de lado.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Crónico

Caminamos sobre los charcos como lo hacemos sobre los recuerdos. Aparentamos pasar de puntillas pero siempre hacemos un ruido, molesto, para el oído y en nuestra conciencia. Las olas rompen en la nuca. Perdemos la carrera y cruzamos la línea, habiendo mirado. La prisa nos empuja. La compañía sobresalta.

A cierto pasado no se sobrevive porque nunca se le mata, no por inmortal sino por conveniencia. El equilibrio del presente parasita de lo que ya ocurrió.

La justificación es siempre una defensa pero el análisis acorrala. Somos cobardes aterrados de lo que está por venir. Inventamos para evadir. Anhelamos un conformismo instantáneo que nos aturda por un tiempo ojalá suficiente pero que jamás lo es. Volvemos a nuestras frases y retocamos las erratas.

El que escribe se vale de significantes volátiles. No hace nada de frío. Ojalá siempre llueva. No siempre vuelvo a casa, pero hoy sí.

jueves, 19 de octubre de 2017

Nostalgia

No miramos hacia el pasado por vértigo al futuro. Lo hacemos como arquitectos coquetos, gustosos de revisar una y otra vez lo cimientos de su obra. Admiramos cada ladrillo, con nombres y apellidos, mientra valoramos qué habría ocurrido de haber sido colocado uno o dos centímetros más retirado o próximo al corazón. Somos y seremos lo que fuimos, y aun satisfechos con el presente nos replanteamos todo lo que pudo ser y ya nunca será. Los senderos que tomamos y los que ignoramos por el camino. Las indicaciones que seguimos y las que quisimos ignorar.

La nostalgia es un ejercicio peligroso pero placentero. Trata sobre imposibles, las oportunidades a la que ya no se puede volver. Va de errores y aciertos, pero sobre todo de lo primero. Reproches a los que quizás jamás sabremos respondernos. Como la vida, el pasado trascurre entre la valentía y el miedo, la impotencia y la cobardía.

Adentrare en la nostalgia y mantenerse a flote ayuda a dormir con la conciencia tranquila. Que ya es mucho. La compasión no está tan mal.

martes, 19 de septiembre de 2017

Lecciones

Cada otoño que pasa deja una lección. Lo preocupante sería que no supiéramos leer nada. La identidad suma años y cada vez pesamos más. Madurar implica matar la inocencia y aceptar realidades ingratas. Compañías como la mentira, la hipocresía y el interés. Ajenas y propias. Algunos se niegan a dejar atrás al niño y terminan viéndose solos.

Las amistades mueren. También se transforman. Lo que ayer fue una montaña hoy es un castillo de arena. Palacios convertidos en piezas de coleccionista. Negar las evidencias es de necios. Comprenderlas y empatizar, una necesidad. Crecer es recordar y celebrar las canciones de aquel verano en el que fuiste tan estúpido. Tolerar en otros los errores que atrás también cometiste.

Vivimos en los libros; en los que leemos y en los que vamos escribiendo aunque las palabras sean de otros. Al final todo son páginas que pasamos aunque haya capítulos en los que los personajes y las historias se repitan. Los hay quienes no quieren seguir avanzando y permanecen, doblan la esquina y regresan a párrafos ya viejos. Otros pasajes se arrancan.

También existen protagonistas que vuelven cuando atrás fueron despedidos. Curan las heridas o retornan a la vida. A veces para bien y otras para mal. Todo es tan simple como saber leer las lecciones.

jueves, 20 de abril de 2017

Inabarcable

Cada vez comprendo menos, se me escapan más asuntos y me veo más estúpido. Será la madurez. Yo tampoco soy una excepción ni estoy libre de pecado. A medias como todos entre el que lo intenta y el que se resigna, el que se informa y el que vive desinformado.

Por las mañanas procuro asimilarlo todo, entender los porqués porque todo sigue una lógica, más o menos oculta. Por las noches me acuesto trastornado si no me he compadecido antes, porque un hombre sólo es un hombre aunque delire.

Somos artesanos de la vida, aspirantes a una minúscula proporción de tierra que labrar. Cada cual a sus tomates, con cariño y devoción, porque uno es singular y genuino y en sí todo un universo, dócil ante las mismas leyes ilegibles que obedecen las constelaciones.

Pobre quien se crea omnipresente, sabio y al tanto. Suya es la ansiedad, suyo el dolor. Apenas los susurros de boca a oído dicen la verdad, y tampoco todos porque cada lengua construye la suya.